Jorge Portilla y el jardín perdurable

                                                                              Por Alfonso Vázquez Salazar

 

 
  Jorge Portilla ocupa un lugar indiscutido en el jardín perdurable que supone la filosofía mexicana. Su obra, desperdigada en distintas publicaciones, y compilada de manera apretada por Luis Villoro, Alejandro Rossi y Víctor Flores Olea en 1966, bajo el título de Fenomenología del relajo –tres años después de su prematura muerte–, es el reflejo de un pensamiento que no podía ni quería ajustarse a los rígidos parámetros del tratado filosófico ni del ensayo académico.
     Dice Guillermo Hurtado en El Hiperión y su tiempo –introducción a la antología sobre el grupo Hiperión preparada por él mismo y publicada por la UNAM– que Portilla justo era “un hombre inteligente, carismático y atormentado”[1] y al que no podía medírsele bajo los cartabones académicos tradicionales.
     También en la Advertencia a la Fenomenología del relajo, sus compiladores señalaron que Portilla era un hombre excepcional al que le gustaba el diálogo y el contacto directo con su interlocutor y, quizá por eso, especulaban, el filósofo se haya limitado a una escritura fragmentaria, periódica y dispersa, aunque atravesada, sin duda, por la preocupación de una época en crisis y el lugar que el mexicano ocupaba en ella.
      Lo cierto es que Portilla muestra en sus ensayos no solo un rigor analítico y una enorme profundidad filosófica, sino también un estilo literario y una voluntad honrada de comprender, como él mismo definía su labor, que lo proyectan tanto como un escritor de primerísima línea cuanto como un pensador que partía de la premisa de “sacar la filosofía a la calle (que es su lugar natural) despojándola en lo posible de la cáscara técnica que a veces la encubre”[2].
     Definitivamente, las prendas filosóficas de Portilla están fuera de toda discusión, pero también habría que valorar su gran aportación a la literatura mexicana desde el estilo preciso, limpio y contenido con el cual escribía. Juan José Reyes, por lo demás, ya ha abordado esta dimensión de la ensayística de Portilla en su libro “El péndulo y el pozo”.[3] Igualmente, Villoro, Rossi y Flores Olea hicieron énfasis en la pasión templada que caracteriza a su escritura y en las ideas luminosas e intuiciones vertiginosas que la impulsan.
     Justo eso se observa en cada uno de los ensayos que conforman La fenomenología del relajo. En ellos se parte de una descripción minuciosa de un determinado fenómeno o acontecimiento, para posteriormente indicar las relaciones que establece con otras redes de significación que le dan sentido. Esta operación metodológica, ayuda a develar el significado de los fenómenos y, en consecuencia, a interpretarlos desde una posición global o exterior a ellos. Asimismo, al proponer una interpretación de éstos antes que ofrecer un diagnóstico, Portilla emula el gesto “del hombre que inicia un diálogo”[4].
     Hay tres temas, pues, que sobresalen en la obra de Portilla: el fenómeno del relajo, la crisis que vive el hombre en el siglo XX y el irracionalismo expresado a través de la obra de Dostoievski y Thomas Mann. Todos ellos anudados para tratar de responder a la pregunta: ¿qué es el mexicano? Este cuestionamiento, por otro lado, enmarca no sólo un proyecto individual, sino todo un ambicioso programa generacional al que después muchos de sus miembros renunciarían o replantearían de otra manera.
     En efecto, bajo esa interrogante un grupo de jóvenes profesores y estudiantes de filosofía, nacidos principalmente en la década de los veinte del siglo pasado y entre los cuales destacaban Leopoldo Zea, Luis Villoro, Emilio Uranga, Ricardo Guerra y Salvador Reyes Nevares, entre otros, organizaron una serie de conferencias sobre el existencialismo y el ser del mexicano, y con ello propiciaron la emergencia de un grupo intelectual al que le dieron el nombre de Hiperión, el cual tuvo una vida pública entre 1947 y 1953.
     De esta generación formó parte Jorge Portilla (1919-1963) y, como señalan los antólogos de su obra, toda esa reflexión que llevó a cabo el Hiperión se expresa claramente en él como “uno de los pensadores más lúcidos del grupo”[5].
     Respecto al relajo, “esa forma de burla colectiva, reiterada y a veces estruendosa”[6], como la definiera el propio Portilla, éste indicaba que era un fenómeno que requería de una adecuada comprensión, ya que en él se reflejaba una de las formas más destacadas y complejas del comportamiento del mexicano.
      Esa burla que supone el relajo, a su vez, no sólo interrumpe la seriedad, sino que en general diluye todos los valores que apuntan hacia la construcción de un orden sólido y perdurable con el cual se pudiera dar una mayor consistencia moral, entendida en términos de responsabilidad y comunidad, a la vida pública mexicana.
     En última instancia, la tesis que sostiene Portilla es que el relajo impide el arribo a una auténtica madurez de México, ya que sabotea cualquier posibilidad de ordenamiento de su vida como nación y hace que toda una generación, particularmente a la que pertenecía Portilla, desperdicie su libertad al eludir el compromiso que tiene de hacerse responsable de su propia circunstancia.[7]
     Igualmente, Portilla estaba convencido de que si en el camino de la libertad de un pueblo se conforman cierto tipo de prácticas o formas o estilos de conducta, como el relajo, éstas no son de manera fatal la última etapa de su desarrollo histórico, sino una estación que puede ser superada en una ruta hacia la plena liberación.
     Portilla señalará también que el relajo, a diferencia de la burla, la ironía y el humor, es un fenómeno que consta de por lo menos “tres momentos discernibles por abstracción”[8], aunque siempre presentes y articulados en forma unitaria: el primer momento implica un gesto a través del cual un individuo desvía o desplaza la atención de un grupo de personas para romper la seriedad requerida en un contexto social determinado; el segundo se caracteriza por una actitud o toma de posición de ese mismo individuo que aleja o “desolidariza” el valor que se propone en ese mismo contexto; y, finalmente, el tercero es una invitación abierta para que los demás individuos se unan a esa “desolidarización” o degradación del valor planteado.
     En suma, el relajo no sólo suprime la seriedad de manera formal a través de ciertos gestos de burla, palabras o meros ruidos, sino que también rompe la posibilidad de realizar el valor propuesto a una comunidad en un contexto específico y, con ello, niega la libertad y la realización plena del hombre, en este caso, del mexicano.
     Cabe mencionar que influido por la fenomenología de Husserl y el pensamiento existencialista de Jean Paul Sartre, Jorge Portilla identifica la libertad con la esencia del ser humano, ya que cualquier acción que éste realiza parte del supuesto de ese estado ontológico en el que se encuentra, motivo por el cual el hombre se hace necesariamente responsable de sus actos. En otras palabras, como decía Sartre, el hombre está condenado a ser libre.
     De la misma manera, Portilla retoma la tesis de José Ortega y Gasset al indicar que uno es su propia circunstancia, pero que también se puede ser más que esa circunstancia al tomar plena consciencia de sus determinaciones y buscar la forma de superarla. Es decir, el hombre no sólo es la “excrecencia de sus circunstancias”[9], sino agente de cambio de éstas.
     Por otro lado, si bien es cierto que para Portilla el relajo es una actitud negativa e incluso autodestructiva porque anula toda posibilidad de realización del valor en una comunidad, también muestra ciertos rasgos positivos como la espontaneidad y el impulso creativo –elementos a través de los cuales también se manifiesta la libertad del hombre–, pero que al desembocar en la imposibilidad de la realización significativa de todo valor, pierden relevancia, ya que de esa forma también anulan no sólo el futuro o porvenir del hombre, sino el de la comunidad.
     En palabras de Portilla:
El hombre del relajo efectúa un movimiento profundamente irracional que consiste en la supresión de todo futuro regulado. Hay en el  relajo un cierto volverle la cara al futuro para realizar un simple acto de negación del pasado inmediato. El futuro resulta así despojado de su poder de atracción. Cada instante del futuro inmediatamente próximo es vivido como una mera posibilidad de negación del presente.[10]
     Pero si el relajo es el extremo de una espontaneidad desaprovechada para asumir el compromiso que la exigencia de un valor significativo impone a la comunidad, el polo opuesto es el movimiento que la anula mediante una identificación entre ser y valor en un solo individuo, despojando a la acción de todo impulso vital o libertad auténtica.
     Esta oposición al relajo es el apretamiento y consiste en distinguirse de los demás mediante una serie de exclusiones, con la finalidad de aparecer como el poseedor de todas las virtudes y la encarnación de todos los valores. Si el relajo distiende y niega el futuro, el apretamiento tensa e impone un formato rígido y vacío, falto de significación, a seguir en el presente.
     El “apretamiento”, pues, no permite el despliegue de la espontaneidad para el ejercicio de la libertad del hombre, más bien establece un cinturón de exclusiones y distinciones con las cuales sólo se busca la participación de los demás individuos para el reconocimiento de unos cuantos que se asumen como la encarnación del valor, es decir, el “apretado”, aquel hombre que encarna esta actitud, “necesita de los otros, pero no para constituir con ellos un nosotros, sino para negarlos autoafirmándose”[11].
     Por ello, para Portilla, tanto el apretamiento como el relajo niegan la posibilidad de constituir una comunidad auténtica, ya que no sólo impiden la realización del valor –sea negando al valor toda trascendencia u obstruyendo su aparición como guía de la sociedad–, sino también porque en aras de fundamentarla desde la encarnación del valor o de unirla a través de la dispersión contribuyen a desaparecerla o diluirla:
El apretado resulta fundamento de la disolución de la comunidad por la doble negación de la distinción y la exclusión. Por su parte, el hombre del relajo impide la integración de la comunidad al impedir la aparición del valor. Relajientos y apretados constituyen dos polos de disolución de esta difícil tarea en que estamos todos embarcados: la constitución de una comunidad mexicana, de una auténtica comunidad y no de una sociedad escindida en propietarios y desposeídos[12].
     Mucho le debe la filosofía mexicana actual y la cultura en México al grupo Hiperión, y en lo particular a Jorge Portilla. Sus caminos de reflexión abrieron nuevas rutas y posibilidades para el desarrollo del pensamiento en nuestro país que todavía hoy perduran. De una u otra forma, la obra de Portilla prefiguró el rumbo de los nuevos problemas filosóficos que se abordarían en México en los años setentas y ochentas, como por ejemplo, la reflexión ya no sólo en torno a la identidad del mexicano, sino también la del ser latinoamericano –aún con todos sus excesos y extravíos– o la necesidad de que la filosofía se relacionara con los problemas de su tiempo, particularmente con el impulso de la ciencia y la tecnología como detonante del desarrollo económico de nuestro país, a partir del análisis sistemático de los conceptos científicos –ese parece haber sido el caso de la filosofía analítica desarrollada posteriormente por Luis Villoro, Fernando Salmerón y Alejandro Rossi–.
     Igualmente, Portilla influyó indirectamente en el desarrollo ulterior del marxismo –al que junto con Emilio Uranga se sentía atraído, aunque no seducido[13]–, ya que además de ser un interlocutor privilegiado de aquellos que se erigirían como los máximos representantes de esta corriente intelectual en la década de los sesentas en México, su obra y el magisterio de la generación a la que perteneció formaron en las aulas universitarias a los jóvenes que después irrumpirían en el trabajo teórico de los años setentas y ochentas.
     Tan solo hay que recordar que Adolfo Sánchez Vázquez en una entrevista con Carlos Pereda, recientemente vuelta a publicar en el último libro de éste,  señalaba que los filósofos con los que se había sentido más cercano, “más ligado teóricamente”, eran: su maestro José Gaos, sus contemporáneos Jorge Portilla y Emilio Uranga, así como sus alumnos Juan Garzón Bates y Carlos Pereyra:
Puedo decir que estuve “ligado teóricamente” con mi maestro –allá y aquí– José Gaos. También lo estuve en los años cincuenta con dos jóvenes filósofos mexicanos que ya he nombrado: Emilio Uranga y Jorge Portilla. Podría ampliar la lista incluyendo a brillantes alumnos míos –después colegas– de los años sesenta, de los que, a título de ejemplo, sólo doy los nombre de dos, lamentablemente fallecidos: Juan Garzón y Carlos Pereyra[14].
     Indudablemente, la filosofía del mexicano es un tema que aún se encuentra presente en múltiples expresiones y preocupaciones sociales, políticas y artísticas de nuestro país. Se puede estar o no de acuerdo con sus apreciaciones o con su particular método para abordarlas, pero más allá de las posibles y necesarias objeciones y críticas, se debe reconocer que este pensamiento ha dejado una honda marca que requiere ser valorada urgentemente para establecer el justo lugar de la filosofía en la cultura de México.
Alfonso Vázquez es Maestro en Filosofía por la UNAM; profesor de filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras y en el Colegio de Ciencias y Humanidades. Fue editor de la revista “Consideraciones” 
[1]          Guillermo Hurtado, El Hiperión y su tiempo en El Hiperión (Antología), Introducción y selección por Guillermo Hurtado, Biblioteca del estudiante universitario, UNAM, México, 2006, p. X.
[2]          Jorge Portilla, Fenomenología del relajo y otros ensayos, FCE, México, 1984, p. 15.
[3]          Cfr. Juan José Reyes, El péndulo y el pozo: el mexicano visto por Emilio Uranga y Jorge Portilla, Ediciones sin nombre/CONACULTA, México, 2004.
[4]          Jorge Portilla, Op. Cit., p. 14.
[5]          Víctor Flores Olea, Alejandro Rossi y Luis Villoro, Advertencia en Jorge Portilla,  Op. Cit., p. 9.
[6]          Jorge Portilla, Op. Cit., p. 13.
[7]          Portilla lo refiere de esta manera: “Pertenezco a una generación cuyos mejores representantes vivieron durante muchos años en un ambiente de la más insoportable y ruidosa irresponsabilidad que pueda imaginarse, a pesar de lo cual no vacilo en calificarlos como los mejores representantes de esa generación. Hombres de talento algunos de ellos, nobles y generosos otros, todos parecían absolutamente incapaces de resistir la menor ocasión de iniciar una corriente de chocarrería que una vez desatada resultaba incontrolable y frustraba continuamente la aparición de sus mejores cualidades. Era como si tuvieran miedo de su propia excelencia y se sintieran obligados a impedir su manifestación. Sólo la asumían en el diálogo con un amigo o en estado de ebriedad. Casi nunca fui testigo de que tomaran algo verdaderamente en serio y, menos que nada, sus propias capacidades y su propio destino.” en Ibid., pp. 14-15.
[8]          Ibid., p. 19.
[9]          Ibid., p. 55.
[10]         Ibid., p. 39.
[11]         Ibid., p. 90.
[12]         Ibid., p. 95.
[13]         Esto lo refiere Adolfo Sánchez Vázquez en una entrevista que le hiciera el filósofo Carlos Pereda: “En definitiva, los materiales que recojo durante los años sesenta en la elaboración de un pensamiento propio proceden –con los antecedentes del joven Lukács y Gramsci– de los marxistas europeos que reaccionan contra el marxismo oficial, así como de los críticos no marxistas, existencialistas y cristianos a los que leo y sopeso con gran atención. Atención que presto también a las reflexiones y críticas –más verbales que escritas– de dos jóvenes filósofos mexicanos, Emilio Uranga y Jorge Portilla, atraídos aunque no seducidos por el marxismo.” en Carlos Pereda, La filosofía en México en el siglo XX. Apuntes de un participante, CONACULTA, México, 2013, pp. 85-86.
[14]         Carlos Pereda, La filosofía en México en el siglo XX. Apuntes de un participante, CONACULTA, México, 2013, p. 94.
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