Una situación no imaginada: un trabajador enajenado

Por Iris Yadel Chávez

Vamos a pensar rápidamente, no en una situación hipotética, sino en una situación real de nuestro contexto, un hecho actual: una persona se encuentra laborando en una empresa, digamos en una franquicia de aquellas que vienen de Estados Unidos de América, una, la que sea.

No sabemos cómo es su vida, trataremos de sólo concentrarnos en su actividad laboral.

Tiene un horario de 8 horas por día (a veces muchas mas), trabaja toda la semana a excepción de un día que le corresponde como descanso.

Todos los días se desempeña en las mismas tareas, quizá ya mejoró sus métodos para realizarlas aunque en el recinto laboral le dan instrucciones precisas para desempeñarlas.

Es un hecho cotidiano, sin embargo, justo aquí es donde empieza nuestra reflexión, para ello nos ayudaremos de un colega:  Karl Marx.

Abordaremos la sección “Sobre el trabajo enajenado” en manuscritos de economía y filosofía

Es pertinente primero explicar que el producto de la labor que desempeña este trabajador se le denomina mercancía y que esta mercancía (producto que puede ser intercambiado y consumido) es valorizada en términos de relaciones de producción. Así pues, el empleado que comenzamos a describir, produce mercancías a granel.

En este momento quiero presentar textualmente un fragmento del libro antes mencionado:

El obrero es más pobre cuanta más riqueza produce, cuanto más crece su producción en potencia y en volumen. El trabajador se convierte en una mercancía tanto más barata cuantas más mercancías produce. La desvalorización del mundo humano crece en razón directa de la valorización del mundo de las cosas. El trabajo no sólo produce mercancías; se produce también a sí mismo y al obrero como mercancía, y justamente en la proporción en que produce mercancías en general. […] el objeto que el trabajo produce, su producto, se enfrenta a él como un ser extraño, como un poder independiente del productor. [1]

Pero, hay que esclarecer la relación entre el trabajador y la mercancía que emana de su actividad. En primer lugar, el trabajador no es dueño de la mercancía que elabora como producto de su trabajo pues pertenece a su empleador que es dueño de los medios de producción. Éste, dueño de los medios de producción, se adueña del trabajador mismo en cuanto que el obrero vende su mano de obra o “fuerza de trabajo” y el empleador le paga las labores que realiza. En tanto el trabajador se relaciona con un producto ajeno, con un producto del que no es dueño, menos aún es dueño del material con el que se produce ni mucho menos del lugar dónde se produce, entonces hablamos de “trabajo enajenado”.

Pero el extrañamiento no se muestra sólo en el resultado, sino en el acto de la producción, dentro de la actividad productiva misma. ¿Cómo podría el trabajador enfrentarse con el producto de su actividad como con algo extraño si en el acto mismo de la producción no se hiciese ya ajeno a sí mismo? El producto no es más que el resumen de la actividad, de la producción. Por tanto, si el producto del trabajo es la enajenación, la producción misma ha de ser la enajenación activa, la enajenación de la actividad; la actividad de la enajenación. En el extrañamiento del producto del trabajo no hace más que resumirse el extrañamiento, la enajenación en la actividad del trabajo mismo. [2]

Así vemos que el trabajador se encuentra laborando en un lugar que le es ajeno, no habría porque parecernos raro que no se sienta comprometido con sus labores y que no desee realizarlas, es comprensible. Así como es natural pensar, a partir de lo dicho anteriormente, que su trabajo solo sea un medio para satisfacer sus necesidades fuera del trabajo, como los son comer o tener un techo. Leyéndolo así, parecerá que el propio hombre acepta, un tanto obligado y otro tanto cediendo su voluntad, realizar un pequeño proceso de sacrificio en tanto todos los días durante 8 horas debe enfrentarse a un objeto extraño.

Recordemos a otro personaje que se encuentra ante el trabajo, siempre bajo las mismas circunstancias, claro, viene a mi mente el mito Sísifo que Albert Camus nos cuenta:

Los dioses condenaron a Sísifo a empujar eternamente una roca hasta lo alto de una montaña, desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Pensaron, con cierta razón, que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza[3]

Con esto quiero decir que solo el trabajo enajenado es como esa roca que Sísifo lleva hasta lo alto de la montaña, esa roca que es extraña al propio hombre, mi intención no es decir metafóricamente que el trabajo enajenado pesa tanto como una roca y que es agotador seguir empujando ese terrible peso, aunque no descarto la posibilidad; más bien me refiero al hecho de hacer todos los días la misma labor del mismo modo y bajo las mismas circunstancias, un trabajo que es inútil en tanto que es rutinario. También es cierto, quizá  no, que un trabajo tan reiterado en su labor, no sea una esperanza para el propio trabajador.

En cuanto a la inutilidad de este trabajo, el trabajo enajenado, quiero plantear que, si bien es inútil para el desarrollo del trabajador, no lo es así para el propio sistema económico, es el mismo caso para Sísifo, su labor es inútil.

Pero regresemos a nuestra realidad, regresemos al sujeto de nuestro análisis, como hasta ahora hemos descrito al obrero, nos damos cuenta que sus labores ocupan la mayor parte de su tiempo y que son tan rutinarias, y que quizá, también son pesadas. Hasta el momento no hemos dicho si tiene o no un rato de ocio para pensar su realidad, si es feliz, o al menos cree serlo.

Pero, ¿qué pasaría si el obrero toma conciencia de las labores que realiza y, sobre todo, de los fines con los cuales las realiza? Quizá, por un lado, vería esa roca que lleva hasta lo alto de la montaña y tal vez desgraciado se sentiría al darse cuenta de que cae por su propio peso y, sin embargo, tiene que volver a llevarla hasta lo alto de la montaña y así sucesivamente. ¿A dónde lo lleva este trabajo? Sería absurdo seguir desempeñándolo si no lo conduce a ningún lado, pero aunque no tenga rumbo al cual dirigirse tendría que seguir subiendo esa roca pues, a diferencia de Sísifo, el trabajador recibe un pago ¿será este pago un lugar al cual llegar?

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O, tal vez y como un destino más prometedor para el obrero, al tomar conciencia de sus labores y el sitio donde se encuentra, comenzaría a actuar, dejaría de arrastrar la roca hasta lo alto de la montaña y comenzaría a concientizar a otros trabajadores, hasta que esa conciencia se esparciera entre todos los obreros, con ello, vendría una revolución y a una enorme escala podrían cambiar algunas cosas en el modo de producción. Pero esto es solo una utopía por eso, “hay que imaginarse a Sísifo feliz.[4]


[1] Marx, Karl, “El Trabajo enajenado” en Manuscritos de Economía y Filosofía, Editorial Alianza, Madrid, 2001. Pág. 107
[2] ibidem, pág. 
[3] Albert Camus,  el mito de Sísifo, Editorial Alianza, México 2008. Pág. 155

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