Reseña de La filosofía Bats’ivinik-Tsotsil. La concepción de sentir y pensar la vida y la naturaleza de Miguel Hernández Díaz
Por: Michelle Eyssautier
Esta breve pero sincera reseña tiene, inevitablemente, que iniciar con un agradecimiento al Dr. Miguel Hernández Díaz, por sus esfuerzos para darle la oportunidad de ser escuchadas a las voces de los pueblos originarios. Sabemos que no es una tarea fácil, que no es un tema atractivo para cierto sector de la Academia, que no goza de la popularidad con la que cuentan otras ramas de la filosofía, sin embargo, y en esto quiero hacer énfasis, este libro es la prueba viviente de que las filosofías de los pueblos originarios existen, merecen atención, espacios y difusión para su discusión. Me atrevo a pensar -y quienes se entreguen a la lectura de sus páginas podrán estar de acuerdo conmigo-, en este libro como una alternativa al canon. No como una alternativa pasiva, como una nota a pie de página, sino como una obra filosófica de hecho y por derecho propio.
¿Qué esperar de un libro que versa sobre filosofía bats’ivinik? Por supuesto que la antropología y la historia forman parte de la narrativa, sin embargo, resulta palpable un cuestionamiento al discurso constantemente reafirmado sobre la hegemonía filosófica. Dentro de esta obra encontramos una fuerte crítica al eurocentrismo, al colonialismo, a la opresión de los pueblos originarios, a la destrucción de la diversidad cultural y de los recursos naturales.

El Dr. Miguel Hernández presenta al ser originario como sujeto epistémico, capaz de producir conocimiento a través de los sentidos y de la razón, que puede compartir dicho conocimiento, y que de hecho lo hace transmitiendo oralmente de generación en generación su sabiduría. El hombre y la mujer originaria no favorecen la razón sobre la sensibilidad, eso nos queda claro cuando comprendemos que los seres que habitan al mundo están conectados por el corazón: lo que nos une, es nuestra capacidad de sentir, de pensar, de observar, de reflexionar sobre lo que nos rodea.
El ser originario es también, y se entiende a sí mismo como sujeto ético/moral, que actúa siempre con miras al beneficio comunitario. Encuentra la felicidad actuando para el bien de la comunidad. Vive en armonía con la naturaleza, jamás como su controlador, explotador o dueño, sino más bien como su protector, cuidador y compañero. El ser originario no se identifica como propietario del mundo, sino como un sujeto más que habita la tierra. Se sabe parte de la naturaleza por su origen, por su hechura, es decir, en la cosmogonía bats’ivinik, el cuerpo humano está hecho del maíz sagrado y la sangre que corre por sus venas es pozol, bebida preparada a base de maíz. El hombre y la mujer originaria sabe que necesita de la naturaleza, que sin ella, ellos mismos, su comunidad, su cultura, la humanidad no podría existir. Está consciente de que necesita el oxígeno que respira, el agua que bebe, la tierra que lo sostiene, el fuego que le calienta, el sol que le ilumina y el canto de las aves que le despierta. No hay una relación de dominación entre el ser originario y la naturaleza. Todos los seres son compañeros mientras dura su estancia en la tierra.
El hombre y la mujer originaria se saben finitos, se saben efímeros, su tiempo en la tierra es limitado y por ello, mientras están aquí, presentes, se preocupan por hacer el bien, que como ya mencioné, responde al bienestar de la comunidad. Porque para el hombre y la mujer originaria no existe un «los otros» dentro de su cultura, saben que «ellos» en realidad es un «nosotros». La filosofía bats’ivinik no es una filosofía individualista, todo lo contrario. El conocimiento adquirido, ya sea sobre agricultura o sobre herbolaria, todo lo que se nombra, todo lo que se explora, se preserva, se registra a través del relato oral, es por y para la comunidad y las generaciones venideras.
El acto ritual no se puede separar de la vida cotidiana del bats’ivinik, este se encomienda al dios creador, pide por sus cosechas, ya que de ellas depende su familia y la comunidad. Pide permiso y agradece cuando dispone de los animales que cree necesario para fines domésticos. El motor de sus intenciones no es la explotación ni la frívola dominación.
En síntesis, la filosofía bats’ivinik es tal porque, entre otras cosas, el hombre y la mujer originaria, sus representantes, son capaces de pensarse a sí mismos, como sujetos comunitarios, se preguntan por su origen, por su misión y papel en el mundo. Se preocupan por su acción, por sus necesidades, por su pasado y futuro, por su relación con su entorno inmediato, natural, sensible.
Descubrir la gran diversidad de los conceptos presentes en esta obra, como la figura del sabio, la importancia de la educación en la formación del ser originario y del sentir y pensar, es tarea de las y los lectores entusiastas.
Para las y los filósofos en ciernes, me gustaría dirigir unas palabras finales: sabemos que no hemos sido nosotros como individuos, como filósofas y filósofos, quienes han expulsado del canon a las filosofías de los pueblos originarios, sin embargo, considero que una vez que nos hemos hecho conscientes de esta exclusión sistemática, somos responsables de subsanar esa ausencia en nuestra formación, espero que voltear hacia otro lado no les sea una opción, ni les permita estar en un estado de comodidad. Atender a las voces silenciadas, es una oportunidad, no sólo de soltar la complicidad en la exclusión, sino también para consolidarnos como autores y autoras libres y conscientes de nuestra formación.
No me queda más que invitarles a dejarse sorprender por las voces que están a la espera de ser escuchadas y que tienen tanto que decirnos.
*El texto de Miguel Hernández Díaz está disponible para consultarse y descargarse gratuitamente en su versión digital:
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