La visión de la muerte entre los tlamatinime

Por Paulina Rodríguez Landecho
Paulina Rodríguez Landecho es alumna del Colegio de Filosofía de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Recientemente se ha integrado al equipo del Círculo de Estudios de Filosofía Mexicana. A manera de presentación nos ofrece el presente escrito, donde nos muestra dos modos de ver la muerte: la visión místico-guerrera de los mexicas y la humanista de los tlamatinime asentados en la zona de Huexotzingo, Tlaxcala y Texcoco. Conocemos el trabajo de nuestra compañera Paulina, estamos seguros que tiene mucho que aportarnos. Enhorabuena y que éste sea el inicio de un prometedor futuro.   
Que la realidad cobre sentido, quizás ha sido uno de los problemas que más ha motivado al género humano a la reflexión; a tener, al menos tenuemente, conocimiento de su ser, de su configuración y móviles. Teniendo presente esta inquietud eminentemente filosófica, es posible encontrar registros, en la etapa naciente de toda civilización, de mitos. El mito es reconocimiento indudable de reflexión, que ante la imperiosa necesidad del ser humano de encontrar su sentido en la realidad; responde a través de la construcción de deidades, la transformación de la misma. Es decir, mediante la antropomorfización de los fenómenos naturales, es posible entender de forma más cercana y certera los cambios en el mundo; asimismo, a partir de este conocimiento metafísico, comprender las regularidades y principalmente el acontecer humano frente a la avasalladora realidad. La cual, ha actuado como un soplo mágico en la mente de seres humanos, buscando ser descubierta, develada.
            El mito, entre las culturas mesoamericanas, es respuesta a los planteamientos que suscitan y provocan al pensamiento, a edificar una configuración del mundo. De igual forma, encontrar los patrones que tejen la íntima relación del mundo con el género humano. En busca de respuesta al tránsito de la vida, sus cambios y su carácter finito. En este sentido, surge la apremiante angustia de develar la naturaleza metafísica de la muerte. Los mitos, dentro de Mesoamérica, varían de cultura en cultura y de periodo en periodo. Sin embargo, para introducir y desarrollar el tema central del presente artículo: La visión de la muerte entre los tlamatinime, me abocaré primero, en la visión mítico-religiosa de la cultura posclásica mexica. Particularmente su concepción de la muerte, en tanto mito, y su posterior estructuración filosófica por los sabios, los tlamatinime, que contraria a la visión místico-guerrera mexica, reconsideraban la interpretación de la realidad, en términos humanistas.
La visión cosmológica mexica
A través de la forma metafórica por la cual el mito se expresa, se va consolidando la visión cosmológica entre los mexicas. La cual, es sustentada por un principio dual, que a su vez, es representado por fuerzas contrarias, como por los míticos Tezcatlipoca y Quetzalcóatl, por la noche y por el día, la vida y la muerte. Dichos contrarios no son opuestos, sino complementarios. Es decir, que es condición necesaria la existencia de uno, para que prevalezca el otro, y consecuentemente que permanezca el universo vivo que plantean. El constante movimiento de los contarios es culminado por la concepción del dios dual: Ometéotl.
            Es necesario primero desarrollar, en rasgos generales, el ordenamiento cosmológico mexica para abundar en la explicación del principio dual. Esta concepción será desarrollada de acuerdo con la visión de los tlamatinime, los humanistas originarios. Ahora bien, como he mencionado, el mito pre-configuró la visión cosmológica, la cual posteriormente se postuló como conocimiento astronómico. Primero, el espacio vertical es la construcción en que, arquitectónicamente distribuye los trece cielos y los nueve infiernos. Sin embargo, únicamente trazaré de forma somera los trece cielos, con el fin de entender la ubicación espacial de Ometéotl y el giro significativo que los tlamatinime le dan. El dios dual, se encuentra sobre los doce cielos, conformados por los diferentes niveles que finalmente alinean el balance del universo. Los primeros dos niveles, configurados por la Luna y las estrellas, caracterizan la feminidad de la dualidad. El tercer nivel, el cielo por donde el Sol pasa. El cuarto y quinto nivel, corresponden a la estrella relacionada con Quetzalcóatl: Venus; y a las estrellas humeantes, los cometas. En el sexto y séptimo nivel habitan la noche y el día, y en siguiente nivel, octavo: las tempestades. Los noveno, décimo y undécimo niveles, es donde residen los dioses: el teteocan. Los niveles doce y trece, son la mansión de la dualidad. Sobre los doce cielos, en el nivel trece, habita Ometéotl, el dios de la dualidad, de las fuerzas contrarias complementarias.
            Así como se tiene registro de la construcción cosmológica vertical, tanto de los trece cielos descritos, como de los nueve infiernos hacia abajo, donde se construye el Mictlán: la región de los muertos, también se tiene registro de una configuración horizontal del mundo, donde se apuntan los cuatro elementos: agua, fuego, tierra y aire. De igual forma, el tránsito de los cuatro soles, los cuales son el indicador de las edades de la tierra. “Cada periodo de predominio es un Sol, una edad. Luego viene la destrucción y el surgir de un nuevo mundo” […][1] Es decir, las edades describen tanto la transformación de la vida natural, como el proceso de perfeccionamiento del género humano mismo. Como lo describe Portilla: […] en el que las plantas alimenticias y los macehuales (la gente) parecen ir evolucionando hacia formas mejores. Han terminado así los cuatro Soles. El nuestro es el quinto, el de movimiento.[2] En este sentido, si el término de cada Sol representa la destrucción de ese mundo y la generación del siguiente, con ese básico grado de predictibilidad, los mexicas calcularon también la destrucción de nuestro presente Sol, el quinto Sol.

guerras floridas

            En el sentido de evitar la catástrofe final, los mexicas, siguiendo la línea de la visión cosmológica-religiosa, se decantaron por formas de mantener vivo el Sol. Dichas formas iban acorde a la concepción dual del cosmos: la vida y la muerte, y dado que la dualidad se planteó como un juego complementario, de esta misma forma es concebida la noción y sentir frente a la vida y la muerte. Así que, para mantener el fino balance; al Sol con vida… era necesaria la muerte. Esta dualidad, dictada desde Ometéotl, fue preservada a través de los sacrificios humanos. Si bien la sangre es el flujo que mantiene la vida, es entonces ésta, derramada sobre la piedra sacrificial, ofrenda y alimento al Sol. Así como la importancia y exaltación de la guerra, y el derramamiento de sangre en ella. Sin embargo, más allá de eso, me atrevería a enunciar que, dichos rituales sacrificiales y valores bélicos, son producto de una profunda reflexión filosófica respecto al ordenamiento cósmico. Es decir, que si tanto física, como metafísicamente, se mostraban los contrarios como el sustento ontológico de la realidad misma, es entonces necesario, de acuerdo a la visión mexica, simbolizar a la muerte como el tránsito necesario para dar luz a la vida. Sin embargo, no es ésta la única forma de representar esta visión entre los mexicas. «Los que saben las cosas» o bien «los que sienten las cosas», los tlamatinime, filósofos de la regiones de Huexotzinco, Texcoco y Tlaxcala, sugieren un giro en su filosofía, y como es tema a tratar, un giro en la visión de la muerte y actitud respecto a la vida; un giro eminentemente humanista.
In xóchitl, in cuícatl
In xóchitl, in cuícatl: flor y canto, esta es la traducción a nivel literario, y desde este mismo nivel, es posible entender como simples poemas a la producción creativa de los tlamatinime. Sin embargo, yendo un paso más adelante, es plausible encontrar que la flor y canto es la construcción filosófica de una sofisticada concepción de la dualidad: el tratamiento de la muerte y la actitud frente a la vida. Para demostrar esto despliego un fragmento del tlamatini Ayocuan.
Vuestro hermoso canto:
Un dorado pájaro cascabel, lo eleváis muy hermoso.
Estáis en un cercado de flores.
Sobre las ramas floridas cantáis.
¿Eres tú acaso un ave preciosa del Dador de la Vida?
¿Acaso tú al dios has hablado?
Habéis visto la aurora,
y os habéis puesto a cantar.[3]
            El Dador de la vida, Ometéotl, desde la concepción de los tlamatinime, contraria a la visión místico-guerrera, es entendido desde la contemplación estética del tlaltípac ─nuestro plano físico─ y relacionado con los sucesos metafísicos.
Del interior del cielo vienen
Las bellas flores, los bellos cantos.[4]
            En otros términos, gracias a Ometéotl y sus infinitas representaciones en la tierra, éstas, son posibles recogerlas y expresarlas en oda a la vida, a través de las flores y los cantos. En este orden de ideas es plausible señalar que los tlamatinime para enunciar sus profundas inquietudes filosóficas, primero contemplan y sienten su realidad, luego ponen su entendimiento en ésta. Así pues, es demostrable que su reflexión en torno a la concepción cosmológica y religiosa, toma un tinte diferente no sólo en la forma de honrar la vida, sino en la capacidad única del género humano de poder comprender su realidad.
            Recapitulando, primero los tlamatinime conciben a Ometéotl más allá de un ordenamiento cósmico, como una totalidad del sustento ontológico de la realidad. Es decir, el Dador de la Vida se encuentra no sólo en el nivel trece de los cielos, sino que también su dualidad se presenta hacia abajo, en los nueve infiernos. Asimismo, se hace presente en la presentación horizontal del mundo. Segundo, el poder de comprender la realidad reside en la capacidad humana de escudriñar en ella y expresarla a través de las flores y cantos. Los cuales, en su forma metafórica, los tlamatinime creen posible tener conocimiento de lo metafísico. Con ello, la actitud que toman frente a la vida, es el cuidado de ésta misma, puesto que sólo en este plano es asequible el conocimiento de la divinidad, y la expresión de ello, es la mejor ofrenda.

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            Sin embargo, ante la angustia del final de la vida; fugaz trazo de nuestra realidad ontológica, surge la necesidad de dejar registro de ello. Es pues, ésta la forma simbólica de preservar la vida, y los tlamatinime presentan este deseo, sublimado en la flor y el canto.
Esfuércese, quiera las flores del escudo,
Las flores del Dador de la Vida.
¿Qué podrá hacer mi corazón?
En vano hemos llegado,
En vano hemos brotado en la tierra.
¿Sólo así he de irme
Como las flores que perecieron?
¿Nada quedará en mi nombre?
¿Nada de mi fama aquí en la tierra?
¡Al menos flores, al menos cantos!
            Así también, se reconoce la necesidad de gozar la inmediatez, y la afirmación del otro con la amistad. Puesto que sólo en este plano físico es posible alegrarse por el sublime acto de la divinidad que es el otorgar la vida; y tener la capacidad de reflexionar acerca de ella. En orden de comprender la condición humana; de develarle su rostro.
Gocemos, oh amigos,
Haya abrazos aquí.
[…] Aquí en la tierra es la región del momento fugaz.
¿También es así en el lugar
Donde de algún modo se vive?
¿Allá se alegra uno?
¿Hay allá amistad?
¿O sólo aquí en la tierra
Hemos venido a conocer nuestros rostros?[5]
            En conclusión la visión de la muerte entre los tlamatinime, está hondamente ligada a la concepción misma de la vida, ya que, como se ha repasado, la dualidad está conformada de contrarios necesariamente complementarios. Asimismo, la concepción de la muerte está íntimamente relacionada con el anuncio teleológico de la vida, donde los sabios sólo creen plausible lograr conocimiento de la compleja realidad. Por lo tanto, es posible decir, que la reflexión filosófica en torno a la muerte, entre los tlamatinime, busca encontrar sentido a la vida misma, no sólo en términos del rigor del pensamiento, sino en términos de sentimiento mismo. O sea, que los sabios huexotzincas, texcocanos y tlaxcaltecas, proponen la exaltación de la vida, en orden de celebrar ésta, integrando esta visión eminentemente humanista. Donde se rescata la figura del género humano, como la facultada para conocer los trazos de la divinidad, aquí en el tlaltípac, y como figura capaz de gozar estas expresiones de la divinidad.
            Sin duda, la propuesta humanista de los antiguos tlamatinime abre muchas preguntas aún vigentes y necesarias ante los hechos angustiantes que actualmente vive México. ¿Cómo es que la muerte puede azotar deliberada y violentamente contra la vida, sin siquiera considerar el valor de ésta misma? ¿Cómo, en este sentido, el género humano se ha despojado de la preocupación del cuidado de la vida, y del otro? ¿Cómo es que la visión de la muerte actualmente, es una visión de crimen y no un anuncio que invita a encomiar, a aplaudir la vida?
Bibliografía
─León-Portilla, Miguel, Filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes, prólogo de Ángel Ma. Garibay, 3ª edición, UNAM, Instituto de Investigaciones Históricas: México, 1966.
______, La tinta negra y roja: antología de poesía náhuatl, traducción, introducción y comentarios, Miguel León-Portilla, El Colegio Nacional, Era: México, 2012
─Westheim, Paul, Ideas fundamentales del arte prehispánico en México, 1ª edición, Alianza Editorial Era: México, 1972.
[1] Miguel León-Portilla, Filosofía náhuatl, p. 125
[2] Ibíd. pp. 125-126
[3] Ibíd. La tinta negra y roja, p. 69
[4] Ibíd.
[5] Ibíd. pp. 69 y 71
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