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Por el Dr. Mario Magallón Anaya*
Más allá de las utopías de la modernidad
El mundo actual ofrece más incertidumbres que certezas. En esta realidad plural se generan situaciones de angustia al no poder plantear pronósticos sobre el futuro. Se desvanecieron en el viento los grandes paradigmas o modelos sociales y culturales. A distancia de más de sesenta años, en que tuvo su inicio el despegue de la tercera era, la posindustrial o tecnotrónica, encontramos grandes avances científicos y tecnológicos en las ciencias sociales y en las humanidades, que ampliaron los horizontes en el conocimiento de la naturaleza y de las relaciones humanas, sociales, culturales, de manera especial, se negaron los principios de las utopías sociales, como de las formas esperanzadoras de un mundo mejor, más humano y comprometido con la libertad, la equidad, la justicia y la solidaridad.
Sin embargo, de ninguna manera esto debe resultar sorprendente y menos novedoso, si nos ubicamos desde otros horizontes diferentes a los planteados por las filosofías neopositivistas, existencialistas, marxistas, neomarxistas, anarquistas, historicistas, ontologistas, posmodernas, estructuralistas, poscolonialistas, etcétera. Donde se habían venido buscando otros horizontes filosóficos, científicos y culturales, para realizar investigación inter-trans-multidisciplinaria.
Se intenta construir un nuevo método, el de la complejidad, con nuevas formas lógicas abstractas, de construcciones discursivas y teóricas abiertas contra las formas cerradas del resto de las corrientes filosóficas y científicas. Esta es una perspectiva encaminada a describir los obstáculos, las vaguedades e incoherencias, desde una supuesta perspectiva lógica del conocimiento. Se estimula un rol de la ciencia, de las humanidades y de la cultura transdisciplinar. El método filosófico de la complejidad es un diálogo estimulador desde la cátedra, los ámbitos de la vida social; desde las llamadas “ciencias duras” y las “blandas”, como se ha les llamado a las ciencias sociales y humanas.
Desde el campo de la literatura, de las religiones, de la historia, de la antropología se empieza a constituir un modo complejo de pensar la experiencia humana y se recupera el asombro ante “el milagro” del conocimiento y el misterio, dualidad que asoma detrás de toda filosofía, de toda ciencia, de toda religión, que se conjunta y se une con la empresa humana en una aventura abierta al descubrimiento de nosotros mismos, de nuestros límites y de nuestras posibilidades, reflexión poiética, creativa e imaginativamente, que busca nuevos horizontes, allí donde el camino de la reflexión se angosta y se limita los modos de pensar ideas utópicas vigilantes y de alerta para ayudar con las esperanza.
Hoy se viven realidades históricas, sociales, filosóficas, políticas, científicas, tecnológicas y cibernéticas que muestran que la experiencia humana tiene que ser por necesidad multifacética, las que muestran que la mente humana si bien no existe sin cerebro tampoco existe sin tradiciones y relaciones familiares, sociales, genéricas, étnicas, raciales; que sólo existen mentes encarnadas en cuerpos y culturas, donde el mundo físico sólo es entendido como un mundo constituido por seres biológicos y culturales. Para Edgar Morin “la complejidad no es la clave del mundo, sino un desafío a afrontar, el pensamiento complejo no es aquél que evita o suprime el desafío, sino aquél que ayuda a revelarlo e incluso, tal vez, a superarlo”[1].
La crisis de los paradigmas[2] de la sociedad y de la investigación científica nos coloca en la necesidad de realizar algunos ajustes. Las concepciones kuhnianas[3] de desarrollo científico de carácter acumulativo de la ciencia originaron también alternativas metodológicas. No obstante esto, Kuhn,[4] a distancia de mucho más de cuarenta años va a reconocer que el desarrollo científico, por lo menos, tiene una modalidad no acumulativa, esto concuerda con la tesis de Bachelard,[5] en el sentido de que el avance de la ciencia no necesariamente procede por la acción y relación acumulativa, sin que un nuevo descubrimiento o invención teórica produzca el “corte epistemológico”.
