La filosofía, obrera de la democracia

Por Héctor Eduardo Luna
necesitamos que cada uno sienta
la afrenta que se le hace a la nación
como una afrenta propia…”
Paco Ignacio Taibo II
Acabamos de conmemorar un año más del inicio del movimiento de Independencia en México que encabezara el cura y filósofo Miguel Hidalgo en 1810. Habría mucho que discutir sobre lo que significó y lo que hemos logrado en estos 202 años que han transcurrido desde entonces, así como del lugar en donde estamos ahora.
Hablar del estado en que se encuentra nuestro país resulta dramático, dado que nos hallamos ante dos hechos que demandan reflexión: el final de un penoso sexenio de improvisaciones que ha dejado al país sumido en la más inhumana violencia; y el ya próximo comienzo de un sexenio que se pronostica lleno de latrocinio y corrupción. Ambos gobiernos emanados de la ilegitimidad política y el fraude electoral.
A propósito de esto último, lanzo una reflexión sobre un problema pendiente en nuestra historia y que se nos revela hoy con la emergencia del contexto social que nos toca: nuestra falta de democracia. En ese sentido hago mías las demandas del movimiento #YoSoy132, la sociedad civil en general y los actores políticos que genuinamente exigen que en este país se trabaje por la democracia. Y como ese es un trabajo que nos toca a todos, me gustaría hablar un poco de lo que podríamos aportar las personas que nos dedicamos a la filosofía.
Me centro sólo en un aspecto que considero determinante para la construcción de la democracia y en donde la filosofía tiene mucho por hacer: la educación.
El filósofo Guillermo Hurtado en su último libro, México sin sentido, afirma que los filósofos tienen en la academia, frente a un grupo, una de las mejores oportunidades para hacer algo por la sociedad, para aportarle algo desde la filosofía y tratar de transformarla. El aporte es en favor de la democracia. Su propuesta concreta afirma que “el mejor lugar donde el filósofo puede trabajar en favor de la democracia es la escuela de nivel medio superior”[1].
Su planteamiento me parece acertado, lo comparto y me permite exponer mis intereses. Hurtado formula una pregunta básica: ¿qué relación debería haber entre la filosofía y la democracia? Su respuesta es que por la naturaleza misma de la filosofía y por las necesidades que reclama la democracia, la filosofía puede muy bien cumplir el papel de obrera de la democracia. Aquí nociones como diálogo, razón, discusión, argumentación, crítica, respeto al otro, etcétera, que se supone, procura la filosofía, tienen el porqué.
Hurtado adelanta que para lograr la incidencia de la filosofía profesional en la democracia se requiere que la escuela de nivel bachillerato funcione como plataforma para tal fin, pues sólo en ese nivel se generaliza la enseñanza de  materias como lógica, ética o historia de la filosofía, lo que no sucede en niveles previos o posteriores, teniendo así el docente una oportunidad casi única.
Pero la labor que se requiere, pienso, va más allá de la enseñanza de los contenidos curriculares que marca la institución. Tiene que ver más con una cuestión viva, no de preceptos o principios fríos, sino de cuestiones vitales.
¿Cómo lograrlo? Una condición necesaria, que también señala Hurtado, es la democratización de la escuela, lo que me parece un problema a todas luces enorme, pues tiene que ver con la estructura misma de la institución educativa y hasta con sus bases ideológicas, pero es justo ahí donde como gremio deberíamos ser capaces de incidir. Ya hemos tenido la posibilidad de dialogar y defender ante las autoridades educativas del país el lugar que la filosofía debe tener en los currículos de enseñanza del nivel medio superior. Empezar una campaña para la democratización de la escuela podría ser un siguiente paso. (Claro, suponiendo que termina de darse con firmeza el primero).
Y es que no podemos negar un hecho triste, las escuelas son, en general, lugares antidemocráticos, lo que nos enfrenta a dos problemas: 1) cómo logramos introducir al alumno a una dinámica democrática, cuando éste viene de una formación dogmática; y 2) cómo logramos que el alumno supere la formación decadente que ha recibido en cuestión de valores cívicos y éticos.
Mi propuesta es que funcionando la escuela como una plataforma donde se promovieran principios y valores para la práctica democrática en todas sus expresiones, conceptos como libertad, ciudadanía, Estado, comunidad, autonomía, elecciones, votaciones, toma de decisiones, participación política, representación política, consulta, diálogo y soberanía, entre otros, cobren un sentido real en la vida de los estudiantes mediante la formación teórica y práctica en dichas nociones.
Más allá de tratar de ideologizar la escuela, se trata de promover un marco conceptual básico con el que los jóvenes se enfrentarán en un futuro inmediato ante las cuestiones de la democracia. Considerando que generalmente los estudiantes de bachillerato adquieren la mayoría de edad mientras se hallan en dicho nivel educativo, es preferible que éstos hayan recibido una educación práctica en un aspecto fundamental para la convivencia social. Es decir, no se intenta usar a la escuela como un instrumento de ideologización Estatal, sino más bien fortalecer los principios políticos y civiles que le permitirán a los jóvenes participar en libertad y con responsabilidad en la vida política de su país. Dar herramientas para la vida pública y en comunidad sería el objetivo de una escuela al servicio de la democracia.
El reto es: sabemos qué queremos, ¿cómo lo echamos a andar?, ¿cómo lo desarrollamos?
Si nos proponemos consolidar a la escuela de nivel medio superior como un espacio de formación democrática, ¿cómo podemos dar lugar en ella a las nociones teóricas y a los mecanismos que nos permitan concretarlas prácticamente? Las respuestas a las preguntas que he venido planteando requerirían un trabajo muchísimo más extenso por hacer; ahora y a grandes rasgos me permito sugerir que es necesaria una reforma ideológica al interior de la escuela. Esto porque la incorporación de prácticas democráticas en las instituciones educativas requiere del cumplimiento de una serie de condiciones que deben ser atendidas por sus autoridades. Éstas, las autoridades, deben compartir el principio de democratización de la escuela, sin miramientos ni defensa de intereses personales. Los docentes deben apoyar y facilitar la realización de todas las estrategias prácticas que lleven al fortalecimiento de la democracia, y es en ellos donde recae la responsabilidad de hacer consciente todo el aparato teórico que permite y que se halla en dichas prácticas democráticas.
El docente en filosofía es el más indicado para asumir con responsabilidad esta labor, la de poner a la luz el fundamento teórico de las prácticas democráticas de las que los alumnos participan, muchas veces, sin ser conscientes de ello. El filósofo debería revelar dónde se ponen en juego las nociones de libertad, igualdad, diálogo, autonomía, participación, etc., de las que los alumnos participan en su cotidianidad sin darse cuenta.
Así, el estudiante puede recibir desde la escuela una formación que le permita insertarse en los procesos políticos de su país, comprendiendo su importancia y con una serie de herramientas que lo auxiliarían en los mismos. La experiencia real de la democracia en la escuela, pienso, le permitiría comprender y asumir a un nivel superior, con más rigor, las experiencias políticas de su país.
Nuestro problema de falta de democracia es complejo, pues la democracia no se agota en la emisión de un voto. La democracia pasa por muchos lugares: los medios de comunicación, los partidos políticos, los movimientos sociales, la distribución de la riqueza o la existencia de monopolios comerciales, así como un largo etcétera. Y lamentablemente vivimos en una cultura antidemocrática. Ni los partidos políticos son democráticos, ni los medios de comunicación, ni la escuela, ni nuestra Universidad…
Por lo tanto, tratar de ir ganando espacios para la democracia, que vayan más allá de los mecanismos electorales, me parece de suma importancia. El lugar de la democracia en la escuela es uno, como espero haber dejado constancia. El caso de los medios de comunicación es otro, y lo menciono porque en las elecciones presidenciales que tuvimos recientemente nos quedó claro que si no democratizamos también a los medios, la democracia en México estará incompleta todavía.
Del mismo modo, pienso que quienes nos ocupamos de la filosofía podemos trabajar en varios frentes, (en todos sería lo deseable), pero encontramos un lugar privilegiado en la trinchera del aula, frente a los alumnos, y para ello debemos seguir pensando cómo lograrlo. Por lo pronto, considero que la formación teórica y práctica en la democracia debiera ser un compromiso con los jóvenes.
Contacto: hell89@live.com.mx

[1] Guillermo Hurtado, México sin sentido, Siglo XXI, UNAM, México, 2011, p. 57.
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