La carrera tardía de un marxista heterodoxo: Adolfo Sánchez Vázquez

Francisco Vázquez García | 14.07.11

PRESENTAR al algecireño Adolfo Sánchez Vázquez como filósofo marxista, integrado en la última generación de los intelectuales españoles exiliados en México, es un tópico de manual. Cuando llegó a Veracruz en junio de 1939, Sánchez Vázquez no era aún un filósofo; apenas había comenzado sus estudios universitarios. Contaba, eso sí, con importantes recursos de tipo literario y con un relevante capital político. Había formado parte de esa generación de jóvenes estudiantes españoles que, al despuntar la década de 1930, se había visto deslumbrada a la vez por una doble vocación experimental: el vanguardismo poético y el extremismo político.

Este doble compromiso con la palabra y con la Revolución se expresó por una parte en importantes contactos literarios: Emilio Prados, Rafael Alberti, Miguel Hernández. Por otra lo condujo, desde 1933, a la militancia comunista. Sánchez Vázquez entró en contacto con la filosofía interesado por esclarecer los fundamentos de su vocación política y literaria. Después de cursar estudios de Bachillerato y Magisterio en Málaga, se trasladó a la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Central de Madrid. El joven Sánchez Vázquez quedó impactado por el nivel académico de ese centro, situado bajo el magisterio de Ortega, pero decepcionado en el plano intelectual; el marxismo brillaba por su ausencia en aquellos estudios.

Exiliado en México tras participar como combatiente en la Guerra Civil, y favorecido por la generosa acogida dispensada por el Gobierno de Cárdenas, se integró en la red de los repatriados españoles. Pero todo no fue color de rosa. En 1944, después de un periodo como profesor de clases preparatorias para la Universidad, se trasladó a la capital, donde sobrevivió gracias a un trabajo exhaustivo como traductor, a la publicación de reseñas e incluso de novelas elaboradas a partir de guiones cinematográficos. Al mismo tiempo se involucró intensamente en el Partido Comunista de España en México.

Para la carrera filosófica de Sánchez Vázquez resultó decisivo el encuentro con el filósofo mexicano Eli de Gortari. A estas alturas el algecireño iniciaba un cierto distanciamiento crítico respecto a las posiciones estalinistas instaladas en el partido. De tiempo atrás procedían sus reticencias en lo estético -el intimismo de su poesía era poco compatible con el “realismo socialista”-, pero la ruptura en la esfera filosófica se produjo a raíz de su tesis doctoral, publicada con el título de Filosofía de la praxis (1967). Se abría con este texto una de las más importantes contribuciones hispanas a eso que se conoce con el nombre de “marxismo occidental”.

Próximo a las lecturas hegelianizantes que enfatizaban la importancia del joven Marx, Sánchez Vázquez ponía en solfa al estólido materialismo de la academia soviética, haciendo valer un marxismo abierto, crítico y ferozmente antidogmático. Fundado en la categoría de “praxis”, su planteamiento filosófico resultó especialmente fecundo en dos ámbitos: la estética y la ética. El distanciamiento del protagonismo político en el partido comenzó tras conocer las revelaciones de Jruschov en 1956. Mediada la década de 1960 se producía la eclosión de Sánchez Vázquez en la filosofía mexicana universitaria. En su figura venían a converger las tres redes intelectuales que habían protagonizado desde los años cuarenta, la consolidación de la filosofía como disciplina autónoma en el mundo universitario mexicano: el historicismo de Gaos, la vía científica de Eli de Gortari y el socialismo de Wenceslao Roces.

La contribución principal de Sánchez Vázquez consistió en dotar al marxismo mexicano de una altura teórica hasta entonces desconocida, permitiendo la entronización de esta tradición en la academia. La escuela que formó ha sido diversa y fecunda, con discípulos como Carlos Pereyra, Bolívar Echevarría, Jaime Labastida y Gabriel Vargas, que se cuentan entre los filósofos mexicanos de mayor proyección internacional.

Por otra parte, Sánchez Vázquez ha sido una correa de transmisión eminente entre los campos filosóficos mexicano y español. Los doctorados honoris causa otorgados por la Universidad de Cádiz (1988), la UNED (1992) y la Universidad Complutense de Madrid (2001), vinieron a sancionar el reconocimiento de estos vínculos, por la vía de filósofos como Ramón Vargas-Machuca, Javier Muguerza o Jacobo Muñoz. Sánchez Vázquez descansa en paz, pero sus ideas, en un escenario emergente de contestación contra el secuestro de la democracia por las élites financieras, están mas vivas que nunca.

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