Una mirada a la perspectiva de género.

No arremeter contra las costumbres con la espada flamígera de la indignación ni con el trémolo lamentable del llanto sino poner en evidencia lo que tienen de ridículas, de obsoletas, de cursis, de imbéciles.  Rosario Castellanos. Mujer que sabe latín

Por Carlos García

La perspectiva de género no es un lugar común dentro de la filosofía, mucho menos dentro de la filosofía mexicana, no obstante me parece de suma importancia retomar ésta para analizar nuestra realidad, nuestros problemas. Quiero aclarar que éste no es un trabajo de especialistas, mi interés se centra en hacer un análisis de cómo el machismo ha configurado y reglamentado un modo de ser para las mujeres y en la difusión y rescate de dos autoras mexicanas clásicas en la perspectiva de género, la poetisa y erudita Rosario Castellanos y la filósofa Graciela Hierro.

Rosario CastellanosHace casi un par de meses, la sociedad en nuestro país se agitaba porque una diputada vestía una  minifalda, la opinión pública se dividía, al parecer las “buenas costumbres” se veían amenazadas por el “atrevimiento” de aquella mujer. La nota puede parecer irrelevante o digna del más puro ocio, no obstante hay un fenómeno que se esconde detrás de ésta situación: el machismo socialmente imperante ¿a qué se refiere el término anterior? al conjunto de actitudes, creencias, comportamientos o gestos que minimizan, someten, discriminan o violentan a la mujer. Éste fenómeno jerarquiza lugares y asigna los roles que en la sociedad deben y pueden cumplirse. A su vez, la jerarquía proviene de una esencialización o naturalización de los rasgos característicos de hombres y mujeres. Modos de ser, sentir, creer, pensar, comportarse y de ver la realidad se hallan ya determinados por una estructura que se percibe inmodificable. Es por ello que aquella mujer no podía vestir de ese modo, estaba rompiendo el ordenamiento que ya había sido instaurado.

 La supuesta feminidad que se crea, se concreta a través de ciertos estereotipos: madre desinteresada y protectora; esposa abnegada y sumisa; hija obediente y casta; simbólicamente una mujer representa el mal, la imperfección, el pecado, la perversión, el error, la pasión, la irracionalidad, la debilidad etc. Creemos tanto en esos estereotipos que por ello no nos es raro ver a las matriarcas de la familia dando consejos a las pequeñas para que sean grandes madres, esposas o hijas, consejos para que atrapen a un hombre y para que éste no se les vaya.

El problema va más allá de notas periodísticas o de la mera agitación de la opinión pública, el problema radica en que las diferencias están generando desigualdad y ésta a su vez justifica la exclusión, la marginación y la violencia en muchos estados de la República, al respecto Griselda Gutiérrez afirma que “es la codificación y asignación cultural de espacios, roles y jerarquías que simbólica y materialmente devalúan a las mujeres, las que propician y justifican las variadas formas de agresión, y que además se convierten en un disparador de la violencia represiva con que se les acomete.”[1] Las creencias en torno a lo que es una mujer y a cómo debería comportarse, están invisibilizando la violencia y normalizando lo que tendría que ser denunciado.

Uno de los ámbitos donde más se muestra el machismo socialmente imperante y por ende laGraciela Hierro reglamentación de la vida, es el sexual. Según la filósofa mexicana Graciela Hierro, en las sociedades se acepta que los hombres ejerciten su sexualidad para obtener placer e incluso dicho suceso se aplaude y se reproduce sin ningún contratiempo. Mientras que para las mujeres el destino no es el mismo, para ellas la sexualidad está reglamentada de acuerdo a los intereses masculinos, además de que se les prohíbe ejercerla libremente.[2] Es la doble moral sexual de nuestra sociedad: aquella mujer que se atreve a preguntar, a investigar, a ejercer libre y plenamente su sexualidad se convierte inmediatamente en una prostituta, es una mujer a la que puede accederse fácilmente y si alguien la toca o la viola se lo merece por “andar provocando”. Aquel hombre que ejerce su sexualidad y que tiene múltiples parejas sexuales es premiado y alabado por la sociedad, es el prototipo del triunfo masculino.

La reglamentación, la represión y la violencia también son visualizadas por Rosario Castellanos quien afirma que “la osadía de indagar sobre sí misma; la necesidad de hacerse consciente acerca del significado de la propia existencia corporal o la inaudita pretensión de conferirle un significado a la propia existencia espiritual es duramente reprimida y castigada por el aparato social. Éste ha dictaminado, de una vez y para siempre, que la única actitud lícita de la feminidad es la espera.”[3] Y continuando con la denuncia del fenómeno, Griselda Gutiérrez también menciona que “(…) parte de la dinámica de un orden patriarcal ha consistido en confiscar la posibilidad de autodeterminación de estas, la de su afirmación cabal como personas, al punto de secuestrar sus percepciones y la posibilidad de nombrar sus experiencias del mundo social y de las agresiones de que se les hace objeto…”[4]

La represión y la asignación de roles sociales genera sumisión, obediencia, dependencia, etc., la mujer pierde su capacidad para decidir, para querer, para expresarse, para autodeterminarse. El panorama para una mujer en nuestra sociedad actual es complejo y complicado, podríamos aceptar lo establecido, tomar la bandera de la resignación y mencionar que nada puede hacerse, no obstante a lo largo de la historia ha habido múltiples esfuerzos por romper la cadena del sometimiento, desde Sor Juana Inés de la Cruz hasta las sufragistas del siglo XX. La propuesta de Graciela Hierro es uno de esos esfuerzos, ella apuesta por la autonomía moral a través de la liberación sexual, afirma que  “la liberación del erotismo femenino es la condición de posibilidad para que éste género alcance su auténtico ser moral, puesto que la libertad de reflexionar y elegir una conducta erótica valiosa permite formar una identidad moral autónoma.”[5] Se trata de aprender a decir no y a decir ; de apropiarse de la propia sexualidad y ejercerla con libertad; de, como afirma Castellanos, hacer ver cuán ridículo, imbécil y anacrónico es todo el ordenamiento moral y social que se instaura; de perder el miedo por contradecir los roles sociales; de ir configurando un modo de ser a partir de lo que se quiere y se puede y no desde una moral que no corresponde con la experiencia de cada cual; de ir rompiendo esquemas, imágenes y estereotipos que minimizan y colocan en duda la capacidad de una mujer; de afirmar la autonomía y la responsabilidad con la finalidad de que el clima de violencia hacia las mujeres cese. En suma, se trata de comprender que lo que le ha pasado a las mujeres víctimas de todo tipo de violencia es una cuestión que debe importarnos, que tiene y puede ser analizada por la filosofía y que, por ende, es necesario resolver.


[1] Gutiérrez Griselda, “Violencia sexista. De la violencia simbólica a la violencia radical” en Debate Feminista, Año 19, vol. 37, Abril de 2008. p. 38

[2] Hierro, Graciela. La ética del placer. México: Universidad Nacional Autónoma de México. p. 116

[3] Castellanos, Rosario. Mujer que sabe latín. Cuarta edición. México: Fondo de Cultura Económica, 2003 p. 14

[4] Gutiérrez, Griselda. Op Cit. p 44

[5] Hierro, Graciela. Op Cit. p. 111

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